Gentes y paisajes del Benefetal (I)

Gentes y paisajes del Benefetal (I)

Por Carles Rodrigo Alfonso

De Alter21.es

Tan solo hace unas décadas, tal y como recuerdan las personas mayores, y no tan mayores, el Benefetal era un paraje habitado y explotado de estas montañas del macizo del Caroche, o Caroig como también se le conoce. Era uno de tantos enclaves de cultivo de esta zona, donde las viviendas aisladas servían de alojamiento a quienes cultivaban las fincas de los alrededores, pastoreaban sus rebaños y aprovechaban al máximo los recursos del monte. De todo ello obtenían buena parte de lo que precisaban en su vida diaria o que les ofrecía unos ingresos complementarios.

Diversas casas, con sus correspondientes anexos, se hallaban dispersas por la ladera conocida como El Benefetal. Varias familias residían en ellas permanentemente, o de forma casi continua, mientras alguna otra casa o caseta servia de hábitat temporal, de alojamiento durante las temporadas en que la intensidad de las tareas agrarias lo requería y la lejanía del pueblo dificultaba el desplazamiento diario. La disponibilidad de tierras de cultivo en esta hondonada de solana, orientada al mediodía y resguardada del frío del norte, también el acceso a agua para el consumo humano o animal y algún riego, hacían del Benefetal un rincón habitable. Además, el hecho de que por el lugar discurriera el viejo camino de Bicorp a Ayora, conexión tradicional de esta parte de la comarca de la Canal de Navarrés con la zona meridional del valle de Ayora, vía tradicional de tránsito de personas y de ganado, atenuaban el carácter aislado del enclave.

la vecina casa de portillo

La vecina casa de portillo. Pelando una gallina. Años 50.

 

Las casas del Benefetal eran construcciones sencillas, más cuando se trataba de las de uso temporal, como sencillos y de limitados recursos eran sus habitantes. Los vecinos del Benefetal vivían con escasas comodidades en sus pequeñas casas, con pocas estancias pobremente iluminadas, donde el frío se colaba por los huecos. Al exterior la vida familiar se desarrollaba durante el buen tiempo en el emparrado, terraza o explanada situada delante, una ampliación externa de la vivienda orientada al sur en busca de la luz y el calor. La planta superior de la casa, cuando la había, por su menor presencia de humedad permitía almacenar las cosechas, hasta su consumo o en su caso la venta. Un horno habitualmente adosado a la vivienda permitía la cocción del pan, el alimento básico de la dieta, en la que por otra parte no podía faltar el aceite o el vino. Además otras construcciones, integradas en la anterior o aisladas alrededor, permitían la cría de los necesarios animales: la cuadra para las caballerías, la porcatera o pocilga para el cerdo, o los cerdos en el caso de los más afortunados; el gallinero o el más complejo corral destinado al ganado ovino o caprino. También era el caso de la era y del pajar, para la trilla del cereal y el almacenaje de la paja, muy valiosa para el ganado. La proximidad de animales y personas daba lugar a una estrecha convivencia entre ellos.

El agua era la necesidad más perentoria, tanto para las personas, con sus diversos usos más allá del imprescindible consumo de boca, como para los animales. Esto incentivaba su búsqueda, transporte y almacenamiento, que exigía un esfuerzo diario y obligaba a disponer de espacios de almacenaje en las viviendas. Junto con ella destacaba la consecución, conservación y utilización de los alimentos. La alimentación se basaba principalmente en los propios productos, en los obtenidos del trueque con otros vecinos del paraje o de la zona y en la minoritaria aunque relevante adquisición de otros externos, de imposible producción local como la sal, el azúcar o las salazones. La dieta se basaba en los productos locales como los cereales, las legumbres, el aceite, el vino, tradicionalmente considerado un alimento, o las frutas y hortalizas.

Antaño en buena parte se consumía alimentos de temporada aunque la existencia de determinados excedentes, en contraposición con la escasez de los mismos en otros momentos del año, fomentaba la conservación. La conservación de los excedentes, cuando los había, impulsaba procesos que iban desde la deshidratación de frutas o verduras hasta la conserva en aceite de una parte de la carne del cerdo casero. A la gama de alimentos existentes y su presencia estacional se asociaba la dieta alimenticia familiar, con el resultado de una gastronomía similar a la de un extenso territorio circundante aunque con matices locales e incluso familiares.

Alrededor de las casas se cultivaba en los bancales, no siempre contiguos o ni siquiera próximos. En la aterrazada ladera del Benefetal se escalonaban los bancales destinados al cultivo del valioso cereal, imprescindibles para producir el pan así como el grano y la paja destinados a las caballerías; en menor grado las legumbres, tan importantes por otra parte para la dieta, además de algunas hortalizas en secano o en regadío. Además se atendía los olivos, principalmente para la obtención del básico aceite; las viñas para producir uva de consumo en fresco aunque sobretodo con destino a la vinificación, no en vano como ya se ha apuntado el vino era considerado alimento y también producto comercial, o los diversos frutales, entre los que podría destacarse por su histórica importancia la higuera. Frutales dispersos aquí y allá permitían obtener diversas frutas, cuya fructificación escalonada y en algunos casos los procesos de conservación permitían prolongar su consumo. Unos y otros con la hilera de olivos de los lindes, aquí el trigal de un bancal, más abajo unas tablas de garbanzos bajo los frutales, allá un viñal salpicado con unos olivos, más allá un par de frutales en una esquina de un sembrado de cereal, ofrecían un complejo paisaje de policultivo.

Por su parte el ganado de las casas recorría los montes, atendido por algún miembro de la familia en su pastoreo, aunque también entraba a los campos a aprovechar subproductos, como los rastrojos, cuando el final del ciclo de un cultivo lo permitía. El resultado de esta gestión territorial era un paisaje agrario rico y diverso, cuidado y modelado por el ser humano, una interesante muestra de biodiversidad.

Alrededor del Benefetal tanto las riberas de la rambla Molinera, más abajo río Fraile, como sobretodo los omnipresentes montes, mostraban una vegetación variada aunque escasa, al menos hasta la mitad del siglo XX. Siglos de intenso pastoreo, carboneo, tala de árboles y ramaje, intensa retirada de leña, recolección de esparto y de otras fibras vegetales, junto con la minoritaria recogida selectiva de plantas medicinales, aromáticas, de hongos, de frutos, etc., había deforestado el entorno. Medio siglo atrás, por poner una fecha, la presión ya se había atenuado notablemente por la emigración y el proteccionismo creciente de la administración aunque el roquedo y el matorral destacaban entre el paisaje del área. En ese contexto desde El Benefetal resultaba sencillo visualizar algunas de las numerosas casetas y casas dispersas por los montes, así como identificar las manchas de cultivo, las labores aquí y allá.

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Los Botijos. Año 2014.

Una de estas casas centro de una pequeña explotación agraria, era la de las Botijas, así denominada como muchas otras por el apodo de la familia que la habitaba. Al parecer, salvo la casa de Tomás, ésta situada más abajo próxima al río, la Casa de las Botijas era entre las del Benefetal la emplazada a menor cota, la más meridional. Sobre la suave ladera orientada, de un cerrillo, al norte aunque bastante soleada, se halla contigua a una cañada que desagua al barranco de Mirasol y éste a su vez al cercano río Fraile. La cañada, cuidadosamente aterrazada para el cultivo, junto con otros bancales, permitía disponer de tierras de cultivo. Aún hoy en día el cuidadoso diseño de los bancales adaptado a la orografía del terreno, para con el mínimo esfuerzo obtener el máximo posible de tierra, así como las elaboradas hormas, los muros de mampostería en seco que sostienen la tierra y retienen la valiosa humedad, no deja de impactar al visitante. La casa y sus anejos albergaban a los habitantes de la familia, a sus animales al tiempo que permitían almacenar los productos de la explotación. En cualquier caso, quien esto escribe no ha conocido a los habitantes de esta casa, ni dispone de información de ella, por lo que puede caer en la especulación si se interpreta más de lo que el paisaje nos muestra.

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